No sé cómo me lo monto, pero ya llevo tres fines de semana yendo a Valladolid y en ellos yendo a un entierro, a un velatorio o a ambas cosas. Esta vez le ha tocado a un amigo de la familia al que se lo ha llevado un cáncer. Y lo he sentido más que con la muerte de mi abuelo o del tío de mi padre, porque con este, aunque ya no tanto, tenía más contacto y empatía que con los otros. Ya no volveré a oírle blasfemar como blasfemaba (y menos mal que no era irlandés) ni tampoco podré oír su opinión sobre la llegada del hombre a la Luna (que el sostenía y sostenía que era mentira) ni la relación de los infartos de mi padre con el uso del teléfono móvil.
En fin...
En fin...


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