Lo de dejar todo para el último momento no es algo intrínseco en mí. Es algo que he heredado de mi padre. Al estropearse el horno a gas, mi padre ya pensó en comprar una vitrocerámica con su horno a juego y así dar una alegría a mi madre. Creo que pasó aproximadamente en julio. Pedir los aparatos no tendría ningún problema, porque uno de los hermanos de mi padre es servicio técnico de bastantes marcas de electrodomésticos para la cocina y da la casualidad de que todavía se habla con él.
Fueron pasando los meses y a medida que se acercaba la Navidad mi hermana volvía a recordar a mi padre que ese año no tendría lechazo para cenar. En octubre un amigo suyo le hizo un mueble para poner los nuevos electrodomésticos, y ese mueble estuvo en mi habitación esperando ser colocado. Me acuerdo perfectamente de aquello porque no tuvieron otra cosa que ponerlo en la habitación más estrecha de la casa.
Y así llegamos a diciembre, con el mismo estado que en julio. Mueble hecho, electrodomésticos pedidos y reservados, y tan sólo quedaría quitar el viejo fogón y preparar la instalación eléctrica. Adivinad qué día lo cambiaron. El 24 de diciembre por la mañana.
Un par de días más tarde, para el día que quedamos para comer cuatro lechazos entre catorce (al final fueron cuatro entre diez) yo había prometido hacer una tortilla de patatas. Para un plato que me sale medianamente decente, quería presumir de él. El problema era que tenía un tipo de cocina que nunca había utilizado, sartenes a las que no estaba acostumbrado. y me faltaban los envases a los que ya tengo cogidos la medida. Por no hablar de que también me habían cambiado el armario de las sartenes, también llamado horno. Mi madre me dijo que usase una sin teflón para freír la patata y otra algo usada para cuajar el huevo. Bien. Pues mi sorpresa llega cuando veo que la sartén de cuajar el huevo está abollada. Algo que en una cocina de gas no importa demasiado, pero que en una vitrocerámica hace que cocinar algo decente sea imposible. Nervioso, intento usar la primera sartén para terminar la tortilla y... Bueno, este fue el resultado:
Fueron pasando los meses y a medida que se acercaba la Navidad mi hermana volvía a recordar a mi padre que ese año no tendría lechazo para cenar. En octubre un amigo suyo le hizo un mueble para poner los nuevos electrodomésticos, y ese mueble estuvo en mi habitación esperando ser colocado. Me acuerdo perfectamente de aquello porque no tuvieron otra cosa que ponerlo en la habitación más estrecha de la casa.
Y así llegamos a diciembre, con el mismo estado que en julio. Mueble hecho, electrodomésticos pedidos y reservados, y tan sólo quedaría quitar el viejo fogón y preparar la instalación eléctrica. Adivinad qué día lo cambiaron. El 24 de diciembre por la mañana.
Un par de días más tarde, para el día que quedamos para comer cuatro lechazos entre catorce (al final fueron cuatro entre diez) yo había prometido hacer una tortilla de patatas. Para un plato que me sale medianamente decente, quería presumir de él. El problema era que tenía un tipo de cocina que nunca había utilizado, sartenes a las que no estaba acostumbrado. y me faltaban los envases a los que ya tengo cogidos la medida. Por no hablar de que también me habían cambiado el armario de las sartenes, también llamado horno. Mi madre me dijo que usase una sin teflón para freír la patata y otra algo usada para cuajar el huevo. Bien. Pues mi sorpresa llega cuando veo que la sartén de cuajar el huevo está abollada. Algo que en una cocina de gas no importa demasiado, pero que en una vitrocerámica hace que cocinar algo decente sea imposible. Nervioso, intento usar la primera sartén para terminar la tortilla y... Bueno, este fue el resultado:
La mitad de la tortilla pegada, me quedé corto de huevos (frase totalmente literal) y se la comieron mis padres.



































